jueves, 11 de septiembre de 2014

FELIZ DÍA DEL MAESTRO


Son esos seres especiales quienes nos enseñan a sostener en alto una aguja

Para enhebrar proyectos, imaginar sueños y guiarnos por caminos virtuosos al aprendizaje.
Colgando de los dedos el hilo se enreda, se estira, se alarga
Pero la aguja firme sujeta.

Entre puntadas, hilvanan finos hilos del destino,
Mientras el maestro instruye con paciencia y cariño.

Sus conocimientos nos formarán y seremos mejores personas
Recibiremos aplausos en su honor,
y aun al paso de los años
Conservaremos lo que nos enseñó.

Porque con paciencia, simpleza y amor nos dio su ciencia,
Para que nuestro escaso conocimiento embellezca.

Alma de artista,
Corazón dedicado
Nos cose alas
para volar y llegar alto.

Generoso ser, que nunca te falten las fuerzas para seguir brindando tu sabiduría,
nosotros cada vez que brillamos te recordaremos,
con admiración y alegría.

® ©Daniela Suarez, 2014



lunes, 1 de septiembre de 2014

Capítulo número 1 : Hermandad

   En tiempos antiguos, las tierras de Nílindor estaban 
habitadas por diferentes civilizaciones de hombres, elfos, monstruos, enanos, hadas y otros seres que regían en imperios fortificados e inexpugnables. En naciones inmensas de recónditos parajes, en ciudades subterráneas encubiertas por las sombras o por las nubes.
 Intentando convivir en días de paz y noches de serenidad subsistían, conociendo sus límites y protegiendo sus fronteras: algunos, con poderosos ejércitos armados; otros, con magia y hechizos. Todo era válido para mantener a raya la codicia, el odio, el orgullo, la ira, los celos, la venganza y el hambre de poder que amenazaban con devorarlos y extinguirlos cada vez que un rey perdía la humildad cayendo víctima de la ambición y el deseo de dominio. 


   Al oeste, flanqueando las altas cumbres 
montañosas de Cristales Azules, como perpetuas guardianas de piedra se erigían las magníficas torres del Valle de Mindáwint. 
Levantadas en plata y marfil, simbolizaban el corazón de uno de los más grandes reinos del linaje de los elfos.


Rodeados por saltos de aguas cantarinas y rios caudalosos, los campos fértiles brillaban con el sol dorado que bañaba con destellos oblicuos el ambiente. 

Detrás de las mesetas altas y verdes, las playas de arenas blancas se extendían cálidas, acariciadas por la nívea espuma de los jardines del mar.  


Gobernado por Nilrod Leafheart, el señor del Valle, todo era más próspero y bello en aquel lugar. Él custodiaba el don de la madre tierra, amaba la naturaleza al igual que a su gente, y su corazón latía junto con el del bosque. 


El príncipe Orlíms Leafheart era su único hijo, a quien, como futuro heredero del Valle, se le exigía más de lo que era capaz de tolerar a su corta edad. 
A pesar de haber vivido 120 años, su aspecto se asemejaba al de un joven de tan sólo una veintena. Los mayores de su raza lo veían como una criatura inexperta debido a que el más anciano había vivido mil vidas mortales. 


Orlíms era considerado uno de los seres más  
hermosos del reino por la belleza y la perfección sin igual de sus facciones. Decían quienes lo miraban que podían contemplar a través de sus grandes ojos azules el interior de su alma y perderse en la profundidad de su intensa calidez.                                                                                                          

Sus cabellos rizados, oscuros como el ébano, caían  
despeinados sobre sus esbeltos hombros, mientras  que sus cejas redondeadas endurecían los rasgos de su anguloso rostro, tal como lo hacían sus fuertes mandíbulas con sus finos labios.


Se hallaba iluminado por las incontables virtudes de
la sangre más pura de sus nobles ancestros, y a la 
vez amenazado por los defectos de los malditos,  por ello convivía con dos fuerzas opuestas que se debatían por vencer.


El príncipe amaba su libertad y odiaba el encierro del castillo.
La idea de heredar el trono le resultaba abrumadora 
porque su corazón pertenecía a las aventuras, el bosque y las leyendas de grandes guerreros narradas por su mejor amigo Kénzon, el hijo del cocinero y la juglar de la corte.  

Kénzon era un elfo de cabellos largos, lacios y 
pelirrojos, nariz fina y recta, ojos que cambiaban de verdes a celestes según su estado de ánimo, boca pequeña y desgarbada figura. Astuto y elocuente, pero atolondrado. Adoraba los libros, la ciencia y los combates con diferentes armas. Soñaba con ser caballero del reino y abandonar las cocinas.  


   Ambos amigos se encontraban todas las tardes 
junto al rio deseosos de practicar movimientos y 
estocadas con sus espadas de madera. Pasaban horas entrenando entre risas y hazañas. Al caer el sol, la cita obligada de cada día era en los molinos, la plaza del pueblo o las tabernas: allí escuchaban y compartían leyendas de bárbaros y guerreros que, según Kénzon, habían ocurrido en verdad en tierras lejanas, allí donde la vista no alcanzaba y las estrellas morían insertadas en los filos de la oscuridad. La madre y las hermanas de su inseparable amigo creaban música para las poesías épicas que llegaban a sus oídos.Cada sonido que dejaban volar en el aire era armonioso y envolvente. Cantaban magníficas gestas con sutiles y exquisitas voces, mientras que rasgaban con finos dedos angelicales arpas y laúdes acompasados por afinados violines. 


Aquellas historias eran las responsables de embriagar de fantasías a los jóvenes soñadores, quienes las oían atentos entre jarras de cerveza y pan de queso.
Ese día se dijo en la cantina que, antes de caer la 
noche, la luna taparía al sol y todo quedaría a oscuras. Pocas veces podía verse un fenómeno similar y los dos amigos no quisieron perdérselo. 
Salieron rumbo al campo para verlo en primera fila.
  
  Estaban aguardando el espectáculo acostados en la hierba cuando Orlíms miró a Kénzon y lo descubrió comiendo pastel de nuez a hurtadillas.

― ¡Creo que no ha de haber un elfo como tú en todo 
el ancho universo! ¡Te has traído una porción! Dame ahora un mordisco o tendré que arrancártela de las manos.                                                                  
―Si mi señor lo ordena, no puedo negarme… su magnificencia es digna de todo― respondió Kénzon, burlón, mientras introducía en su boca la última miga―. ¡Tomad el pastel de mis tripas! ―gritó con la boca llena y ambos rompieron en fuertes risas.                     
Luego se hizo un silencio profundo.                                                                 
― Te has dado cuenta, Orlíms, que al convertirte en 
rey esto se perderá ―murmuró con tono melancólico al caer en la cuenta de que el príncipe pronto tendría que cumplir su legado.                                      
― ¿Por qué lo dices? Nada cambiará entre nosotros. Eres mi mejor amigo y los mejores amigos nunca se dan la espalda. Siempre lucharemos juntos, hermano.
― ¡Vamos, Orlíms! Lo digo porque tú no tendrás tiempo para estar conmigo, vivirás para ordenar y hacer cumplir leyes, para recaudar impuestos y contar tesoros. Para disfrutar de exquisitos manjares en grandes banquetes. Estarás rodeado de gente noble y poderosa, te rendirán tributo, se arrodillarán ante tu presencia, lucirás una ostentosa y pesada corona sobre tu cabezota… ―Kénzon bajó la mirada y contempló sus botas descosidas y descascaradas por el tiempo, su pantalón harapiento y sus manos llenas de manchas de carbón por el uso de los hornos. Él era el encargado de poner leña y remover las brasas para mantener encendidas las chimeneas del castillo.
― Tú no necesitarás de un título para ser mi amigo ―afirmó Orlíms convencido.  


― Al tomar la corona te olvidarás de mí, de todas las leyendas y de nuestros sueños de ser guerreros. Temo que al subir al trono dejes de ser quien eres y te conviertas en esa persona rígida e inexpresiva que es tu padre. Serás indefectiblemente el rey y yo me convertiré en algún pensador, sanador, quizás un filósofo o consejero; no deseo seguir en la cocina. Este último tiempo me he interesado en la magia.   Me apasiona probar encantamientos y hacer explotar materia. Si no he de ser nombrado caballero, entonces todos los libros que he leído a escondidas en tu biblioteca servirán para darme alguna posición: no quiero que su alteza se avergüence con un amigo indigno y ceniciento. ―Terminó de hablar y se frotó las manchadas manos en la hierba.                                                                      

Orlíms se incorporó con agilidad y mirando fijamente 
a su amigo, habló:
― Yo me he de convertir en tu rey, eso es  inevitable. Aun así, Kénzon Inaldín, siempre seré tu hermano. Tal vez, si algún día me sorprendes con el manejo de las armas, te nombre caballero de la guardia de Mindáwint ―Kénzon sonrió y, levantándose con destreza, esgrimió un trozo de madera.
―¡En guardia, caballero! ―exclamó a grandes voces. Orlíms al verlo rompió en risas.
― No atacarás a alguien desarmado… ―sus ojos se entrecerraron, esperando respuestas. Kénzon bajó la guardia, y fue en ese momento de distracción cuando su amigo dio un giro veloz en el aire, corrió y trastabilló en la fuga, rodó por los pastizales hasta que finalmente alcanzó un trozo de madera digno para un singular combate.


― ¡Prepárate a morir, hechicero! ―gritó atacando a Kénzon.
Estuvieron un buen rato luchando entre risas, chocando maderas y haciendo volar astillas por todo el sendero, hasta que el joven príncipe consiguió ventaja sobre su adversario quebrándole de un golpe la gruesa rama.
― Ja-ja. ¡Te vencí! ―sonrió victorioso.
― ¡No tan rápido! ―respondió Kénzon abalanzándose sobre él.
El elfo de cabellos rojos lo derribó de un empujón y entre patadas y puñetazos forcejearon hasta partir la vara sobreviviente. Riendo y magullados se quedaron recostados entre los pastizales contemplando las formas de las nubes en el cielo. 


Fue entonces cuando los cascos de unos caballos 
resonaron en la tierra. Los jinetes del rey se acercaban galopando a toda prisa y levantando polvo a su andar. 


― Creo que has de estar en graves problemas: 
descubrieron otra vez tu fuga del castillo ―murmuró Kénzon nervioso― esta vez no tendrán piedad, me meterán dentro de una gran cacerola junto con el estofado y me hervirán. ¡Van a desollarnos! O, lo que es peor, me harán pulir otra vez las escaleras. ¡Son doscientas! ―se alarmó, estirando su cara con ambas manos.                                                                   ―¡Sería inútil escapar! Ya nos vieron. Enfrentemos la situación, ¡no les temo!
―Yooo… ¡sí les temo! ―tartamudeó Kénzon 
mientras contemplaba cómo su amigo inflaba el pecho de aire y se paraba firme.
   
  Pronto los portaestandartes y los caballeros llegaron al lugar y los rodearon.

―Príncipe Orlíms, vuestro padre lo requiere en el 
castillo. Es necesario que volváis de inmediato.
―¿Qué ocurre? 
―Eso no os  podemos informar ahora, señor. 
―respondió soberbio el soldado.
―Sería bueno que os apresurárais y no hiciérais esperar a vuestro padre; al rey no le agradará saber que habéis escapado otra vez, ¿no creéis? Lo pondría de muy mal humor enterarse con quién os hemos hallado. Conocéis bien su opinión con respecto a ciertas compañías… perjudiciales.
― ¡¿Cómo os atrevéis  a hablar de esa forma al hijo 
del rey?! ―se impuso furioso Orlíms.
El caballero, ante la reacción del joven, desmontó echando humo por la nariz, clavó sobre Kénzon una mirada amenazante y luego habló fingiendo cortesía.
― Tomad mi caballo, señor. Necesitáis llegar pronto a destino ―sonrió irritado y arrugó la frente. ― Otra cosa… recordad cambiarse de atuendo antes de entrar en la corte. Oléis a estiércol y vuestro  aspecto desharrapado hará estallar polémicas en los salones.
 Orlíms hizo a un lado al guardia y de un salto montó sobre aquel caballo. No llegó a tirar de las riendas cuando el animal relinchó, se paró sobre sus patas traseras y salió disparado a toda velocidad campo arriba. Los escoltas se alarmaron y cabalgaron a prisa en pos del príncipe. 


El caballo desbocado se perdió tras la línea del horizonte junto con la guardia que intentaba alcanzarlo y dominarlo. Enork rió estruendosamente y Kénzon lo fulminó con la mirada.
― ¡Aléjate del príncipe! ―espetó el guerrero―.Es una orden de su padre, tu rey.¿Acaso te atreves a desafiarlo?
El ayudante de cocina no contestó, y el silencio se apoderó del lugar.

  De los guardias reales, el más ambicioso y temerario de entre todos los caballeros resultaba ser Enork. Su aspecto duro impartía temor y respeto; jamás sonreía sincero. Constantemente se lo hallaba buscando defectos y debilidades en las personas que lo rodeaban para conocer así sus flaquezas. Kénzon le temía pero, al mismo tiempo, lo admiraba. 


Fuertes relinchos volvieron a sonar en los confines, 
donde antes se había extinguido el descontrol: era la escolta real desconcertada. Al parecer, su caballo salvaje había hecho estragos y eso lo ponía de muy buen humor. Fingiendo preocupación, Enork profirió amenazas a los caballeros; pero no había terminado de hablar cuando una ráfaga de aire golpeó su espalda y lo derribó de bruces.                                                                                            
El príncipe saltó con su caballo de entre las altas 
hierbas del campo y, al pasar, Kénzon no dudó en lanzarse de un brinco sobre el lomo del animal. De esta manera, ambos amigos iniciaron la fuga a toda prisa.

―¡Espero que nunca llegues a ser soberano, que la 
corona caiga ante ti! Yo me aseguraré  que despacio el trono se aleje de tus manos, y nunca puedas alcanzarlo. Abriré un abismo ante tus pies. ¡Deseo que jamás llegues a ser rey! ―exclamó Enork, en un grito. Y el silencio devolvió su eco de furia. 

El cielo se tornaba naranja y de a poco comenzaba a 
oscurecerse por el eclipse cuando el príncipe arribó al castillo. En las escalinatas lo esperaba un anciano de largos cabellos y blanca barba, tez pálida, espesas cejas despeinadas, nariz ganchuda y ojos almendrados. Vestido con una túnica de seda azul y un chaleco de fina lana blanca. Se lo notaba impaciente y la expresión en su semblante no anunciaba buenas noticias. Este viejo hombre era el sabio Fílipo, consejero del reino e incondicional protector del príncipe Orlíms.


―¡De prisa, joven! Vuestro padre está irritado 
debido a su ausencia. Le dije que habíais salido de 
cacería a los bosques… Lleva horas esperándoos, aligerad vuestros pasos, ¡de prisa, de prisa!                                                                                                                             
  Orlíms se desmontó, le hizo una seña con la cabeza a su amigo y, sin advertir nada más, corrió al encuentro de su padre que lo aguardaba sentado en su majestuoso trono.
― He de pediros  perdón por el retraso ―se disculpó humildemente al ingresar en la corte.
Dos elfos vestidos de castaño se encontraban junto al rey. Ceñudos, miraban al muchacho que incómodo, se preguntaba cuál sería el motivo de aquella reunión. Recordó que sus ropas estaban sucias y algo rotas. Sintió vergüenza, pero no lo demostró: se paró firme y aguardó atento. Nilrod rompió con la formalidad y dejando escapar una sonrisa, habló:                                            
―¡Hijo mío, han llegado grandes noticias para ti! Mi tiempo como rey se extingue. Pronto deberás sucederme en el trono pero, antes de que esto acontezca, debo instruirte con sabiduría. En tus manos he de poner el futuro de toda la nación y el poder implica responsabilidad: tanto puedes hacer el bien con una buena acción como puedes hacer el mal con la misma. Créeme que esta decisión me ha llevado largas noches de meditación y desvelos, pero aún así he resuelto tu viaje a Ismind, el hermoso reino del nordeste. Tu tío Elmerond te recibirá con honores y te instruirá. Serás mis ojos y te sentarás en mi lugar en el consejo de alianzas. Estoy muy débil para viajar y tú, como mi primogénito y único heredero, tendrás el honor de representar al Valle. A tu disposición estará Fílipo, él te ayudará a tomar decisiones importantes.


Orlíms quedó atónito ante la noticia. Sabía que el tiempo de gobernar llegaría pero no lo esperaba tan pronto. Sentimientos opuestos se apoderaron de él: no deseaba defraudar a su padre pero, por otra parte, se negaba a dejar atrás a su amigo Kénzon (menos ahora que le enseñaría magia)  tampoco quería partir a tierras lejanas y abandonar todo lo que verdaderamente lo hacía feliz por un mundo de obligaciones y deberes. Armándose de valor contestó:
―Padre, ¿decís que debo irme de Mindáwint… que debo representaros? Enviad a vuestro  vasallo, a vuestro mentor… Enviad a alguien que sepa distinguir el bien del mal. Aún no estoy listo para hacerlo.     
― Debes asumir tus responsabilidades. Sólo así te convertirás en un buen rey.
― ¡No, padre! No lo acepto.Tengo miedo de equivocarme y perjudicar todo lo que habéis construido.                                                             ―¿Cómo dices? ―se exaltó el rey, incorporándose de su trono, nervioso.                          
―He dicho lo que oís, no iré. Mi lugar está aquí.
―¡No discutas con tu padre! Harás lo que yo te 
ordene ―se impuso― Orlíms, ya eres un adulto, 
acabas de cumplir tus 120 años. Debes abandonar la vida de niño y asumir tus compromisos con dignidad.
―No podéis obligarme. ¡Soy el príncipe de 
Mindáwint! Madre jamás hubiera permitido.
―¡No conociste a tu madre! Ella hubiera deseado lo mejor para ti, siempre escogió lo mejor para el reino y por nosotros fue que murió. No doblegarás mi decisión. Partirás al alba.                                       ―¡Padre, escuchadme! ―exclamó con dolor al tiempo que sus ojos azules se empañaban.
―Lo siento, Orlíms. Debes aceptarlo e irte pronto.Te escogí como mi representante en Ismind. No hay vuelta atrás en esta decisión. Otro en tu lugar estaría celebrando.

El príncipe no contestó y salió del salón del trono 
lleno de ira e indignación. No podía pensar. Se negaba a entender lo que estaba sucediendo: todo era muy extraño. Algo estaba pasando a sus espaldas. Detrás de los ojos de su padre se ocultaban celosamente grandes misterios pero ¿qué podía ser? ¿Cuál sería el verdadero motivo de su traslado a un país lejano y desconocido? No deseaba ser los ojos y la voz del rey. Se sentía en medio de una tormenta y sin refugio.

Nilrod tenía una razón poderosa para sacar a su 
único heredero de la ciudad, aun así, un dolor agudo se arraigó en su pecho, hundiéndose como la hoja de una filosa daga.                        
 La aflicción lo envolvía en un manto de angustias ante la impotencia de despojarse de su más grande tesoro por una pizca de salvación. Enork, su caballero guardián, temiendo que la oscuridad lo invadiera, se  acercó e intentó trasmitirle consuelo.
― Habéis hecho lo correcto, señor. Vuestro hijo y el elemento estarán protegidos lejos de aquí. En la ciudad del nordeste las sombras no llegarán y vuestro  heredero triunfará.                         
― Su padre perecerá, su pueblo quedará en ruinas cuando todo haya terminado… ¿De qué servirá el sacrificio? ¿No sería mejor que juntos cayéramos en defensa de nuestra gente?                                       ― ¡No, mi señor! Cuando todo esto haya terminado, él debe vivir para recomenzarlo. Si vuestro hijo sobrevive, señor, vuestro linaje no se perderá y habrá esperanzas. Creedme  que he visto en vuestro heredero el espíritu de un gran rey. Si saliéramos victoriosos de esta guerra, él asumirá y con gloria restaurará el país; mas, si perdiéramos la batalla, él, estando lejos de aquí, nos dará la posibilidad de reconquistar nuestras tierras. ¿O creéis que nuestro príncipe dejará a su pueblo a merced de los enemigos? En su corazón el reinado late y corre por sus venas. No nos defraudará, su majestad. Si caemos, al menos démosle a Orlíms la posibilidad de volver a intentar una victoria de la mano de la tierra.
―¡Nuestro príncipe nos liberará si nuestras fuerzas 
fallan! ―proclamó un soldado, adelantándose.
―Él es nuestra esperanza frente a la oscuridad, las manos enemigas no se apoderarán del reino, ¡Mindáwint es nuestra! ―exclamó Enork con furia, incitando a los presentes a romper en un grito de victoria.

―Cuánta razón hay en vuestras palabras, mi fiel 
Enork ―habló Nilrod y secando sus ojos, se incorporó del trono para llegar frente a él― ¡Arrodillaos ahora!
Enork no tardó en obedecer y, aparentando una gran humildad, hincó sus rodillas frente al señor del Valle, 
quien alzando su espada exclamó:
―Por la lealtad a vuestro señor y el amor a su pueblo, yo, por el poder que me otorga la corona, os nombro, Enork, frente a estos testigos presentes, capitán de las tropas de Mindáwint. Este título lo habéis ganado con rectitud, con valentía y con coraje. Levantaos ahora y preparad a mi ejército para la guerra.
Enork, orgulloso, se puso en pie dispuesto a escuchar y hacer cumplir las órdenes que impartía su rey.
― ¡Disponed de mis guerreros elfos! ¡Reunid a mis vasallos, buscad a mis aliados! A partir de este momento gozaréis del permiso real para disponer de todas las armas y artefactos de guerra que necesitéis. Mi ciudad está en vuestras manos, capitán. No permitiré que el reino desaparezca.
Enork no hizo esperar a su señor y, veloz, se puso en acción para preparar el ataque.


Así pasó la tarde y el sol comenzó a declinar en poniente.                                                                    
Orlíms en su torre, acompañado por Kénzon, alistaba las alforjas para el viaje. Ambos estaban tristes: su hermandad terminaba en aquella hora. 
Se prometieron no olvidarse, echarse de menos, mantener intacta su amistad aun a pesar de los años venideros, y entre lágrimas se dijeron adiós.
Kénzon volvió a la cocina.
El príncipe se acostó por última vez en su lecho e intentó dormir. El sueño tardó en llegar, y cuando lo hizo, pesadillas dulces y tenebrosas se agitaron en su cabeza. 


Estaba solo en un páramo desconocido. Misteriosos 
ojos verdes cual esmeraldas enormes lo contemplaban, seductores, mientras todo a su alrededor ardía en llamas incandescentes.

―Extended una mano y tomad una estrella 
―susurraba una y otra vez una dulce voz al otro lado. Él intentó abrirse camino para alcanzarla, pero el fuego brotó y se interpuso como una cortina candente―. Extended vuestra mano, ¡ahora! ―gritó, y las llamas lo abrasaron. Se sintió arder y consumirse lentamente. Su cuerpo se convirtió en partículas de polvo, se lo llevó el viento, se fundió 
con el aire… y de repente abrió los ojos.
El príncipe despertó asustado y envuelto en sudor. Su corazón latía desbocado y ya no pudo volver a dormir.

Antes del amanecer, dos guardias fueron a buscarlo 
para conducirlo en secreto hasta el límite de la ciudad.
 Allí, envuelto en un manto verde oscuro, lo esperaba su padre, quien pese a la tristeza que sentía dentro 
de su alma se mostró rígido. Nilrod estrechó cariñoso a su hijo y, en aquel abrazo, Orlíms sintió que jamás volvería a verlo. Tuvo ganas de derramar lágrimas hasta secar sus ojos, pero contuvo su pena e intentó fingir, sin éxito, una gran sonrisa.
―Jamás comprenderé por qué me alejas de tu lado, por qué me conduces oculto como un prófugo hasta las puertas de mi reino. Nunca entenderé los motivos de esta decisión si no me explicas la verdad de tus planes ―susurró, con voz quebrada.                                                     
El rey no pudo contener su pena y una lágrima rodó 
por su rostro de porcelana.                                   
Se lo veía cansado, abatido. Sus cabellos plateados estaban apagados y sus hombros, caídos. Sus ojos de color celeste metálico no brillaban, y sus labios apretados denotaban claramente la angustia que estaba sintiendo.
―Algún día entenderás a tu padre y ese momento no ha de estar lejano. Por lo pronto, toma este amuleto. Cuídalo con tu vida, es lo único que nos queda de tu madre ―mintió el rey sepultando la verdad en su corazón―. Protégelo ―tomó la mano de su hijo, abrió sus dedos uno a uno y depositó en su palma una piedra dentada circular de color verde intenso―. Nunca te apartes de la joya: te cuidará frente a los peligros más grandes y, a través de ella, podrás sentirme ―suspiró ―. Te amo, hijo mío. Eres el tesoro más valioso de todo el reino. ¡Vete! Vete antes de que cometa un error y ya no pueda protegerte 
―terminó de hablar y, acongojado, besó su frente.
Orlíms cerró su mano, y al apretar con angustia aquella piedra preciosa, una corriente eléctrica corrió por su cuerpo reflejando en su mente la tierna sonrisa de Nilrod.                          
Entonces, el joven levantó la mirada y descubrió el 
semblante marchito de su padre.
―Me gustas más cuando sonríes ―dijo, abrazándolo por última vez.                                         
Luego se separó, se ciñó aquel medallón al cuello, lo ocultó bajo su jubón de terciopelo azul y de un brincó, montó sobre Destello, su corcel.                                                                                                                                                

El pelaje blanco de este resplandecía a la luz de los 
primeros rayos de sol.
Orlíms acarició sus crines, sonrió y, sin volver a mirar a su padre, tiró de las riendas. Así fue como disparado trotó campo arriba.                                   Fílipo se despidió de Nilrod con una reverencia y 
siguió al príncipe, marchando sin prisa por detrás.
―¡Adiós hijo! Tal vez no nos volvamos a ver en esta 
vida ―susurró el rey de los elfos del Oeste, con la vista clavada sobre la figura del joven, allí donde los Valles de Mindáwint se extinguían y renacían los  destellos de luz rosada del alba.                                                                                                                                                                                                          

Imágenes extraídas de la web
otros:
*Pablo Bavaro fotógrafo:  https://www.facebook.com/pages/Pablo-Bavaro-Fotografía/721458117899297?fref=ts
* Luz Tapia Art para Alma de héroe y corazón de Rey: /www.luztapia.com.ar/post/82067174525/portada-de-libro-para-alma-de-heroe-y-corazon-de
* Daniela Suarez: Hilos del destino, todos los derechos reservados : www.facebook.com/almadeheroeycorazonderey?ref=hl



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Nílindor

En tiempos antiguos las tierras de Nílindor estaban habitadas por diferentes civilizaciones de hombres, elfos, enanos, monstruos, hadas y otros seres fantásticos que regían en imperios fortificados e inexpugnables en naciones inmensas de recónditos parajes, en castillos ocultos en bosques frondosos, bajo las aguas, tras las sombras o encubiertos por
las nubes.
Intentando convivir en días de paz y noches de serenidad profunda subsistían, conociendo sus límites y protegiendo sus fronteras, algunos
con poderosos ejércitos armados, otros con magia y hechizos, todo era válido para mantener a raya la codicia, el odio, el orgullo, la ira, los celos, la venganza y el hambre de poder que amenazaba con devorarlos y extinguirlos cada vez que un Rey perdía la humildad cayendo víctima de la ambición y el deseo del dominio.


Introducción


Cuenta la leyenda que en el pasado existió un poderoso Reino élfico levantado al Nordeste de las extensas tierras de Nílindor. Era tan próspero e inmenso que se decía que sus filas de guerreros eran inquebrantables y que la ciudad entera estaba recubierta en oro y plata.
Fue la era de Kemuriel Leafheart, el señor de Ismind, Rey de los elfos y protector de los cuatro elementos.
Desafortunadamente la maldad corrompió un corazón sagrado, y Kemuriel se vio obligado a separar el poder y proclamar un edicto inquebrantable para preservar la paz entre las razas.
No pasó mucho para que la vida del señor de los elfos se apagara por culpa de traiciones inesperadas y sucumbiera. Su hijo Elmerond lo sucedió en el trono guardando con devoción el elemento del aire, mientras que Nilrod, el menor de su casa, se marchó al Oeste junto a sus seguidores, quienes sólo deseaban olvidar y sanar sus corazones para no caer ante la pena. Allí levantaron un nuevo imperio, y siendo Nilrod el guardián de la tierra, fructificó sus valles dando prosperidad a sus vecinos.
El agua fue hurtada y escondida por el enemigo, dormida se mantuvo en calma. Mientras que el fuego, había sido ofrendado a los hombres, como prueba de amistad y lealtad, para que sobrevivieran al crudo invierno que cubrió la tierra en aquella época oscura. Estos lo guardaron celosamente y jamás hablaron de su poder, para que los ojos del enemigo no se posaran sobre ellos… así pasaron los siglos...
Elmerond se casó y concibió tres hijos mientras que Nilrod sólo tuvo un heredero legítimo; El príncipe Orlíms, un joven elfo atado a un destino pesado, como cadenas de hierro oxidadas sobre su cuello.
Cuentan las profecías que el mal buscará reunir las joyas del poder y que la guerra estallará en la era del Rey Elmerond, Impulsada desde el Norte por Gláhad, el hechicero oscuro de los montes malditos. El apocalipsis será comandado por su hijo, Eliseo, y así el brazo oscuro se extenderá en todas direcciones dispuestos a corromper los corazones
más puros sometiendo, saqueando y devastando a cada raza con ejércitos de mutaciones.
Nilrod sentirá en su interior que el fin golpeará sus puertas, y aun así aguardará un milagro de redención. Pero lo inevitable acontecerá, y sólo entonces deberá alejar de la ciudad a su heredero para salvarlo de las tinieblas.
Orlíms será escoltado junto con el elemento hasta el único lugar en donde la oscuridad no puede alcanzarlo, y es aquí cuando un giro inesperado torcerá los hilos del destino y el joven príncipe deberá encontrar el verdadero significado del amor, la hermandad y las alianzas, frente a las más despiadadas traiciones.
Una historia atrapante, una leyenda que cobrará vida a través de las páginas. Alma de héroe y corazón de Rey I.

Todo es posible... porque somos magia



Alma de Héroe y Corazón de Rey I- Hilos del destino